febrero 19, 2014

Píldoras para Imáginar

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Píldoras para Imaginar

Entonces las lentejas se ponían a remojo el día antes, pero primero había que escogerlas. Mi madre sacaba del armario uno de aquellos paquetes de papel de estraza y vertía un montoncillo sobre el hule de la mesa. Había que extender las diminutas lentes verdosas y ocres en una fina capa, sobre los cuadros azules y blancos, e ir separando para un lado las buenas, para otro las secas, las cocosas y las piedras. Aquellas piedras que, cuando se colaban en el puchero, rechinaban en la boca, y que habían hecho que mi padre aborreciera ese potaje desde los lejanos tiempos de la mili. Pero él trabajaba fuera muchos días, y mi madre aprovechaba sus ausencias para poner a cocer las pildoritas parduscas ricas en hierro que el médico me había recomendado. El escoger lentejas me provocaba una suerte de distanciamiento y mi imaginación comenzaba a perderse entre el suave rumor de las esferas.

Es por eso que ahora mezclo a veces las limpísimas lentejas del supermercado con un puñado de piedras muy pequeñas, para luego entretenerme en separarlas, con la esperanza de alcanzar por un momento aquel estado tan feliz de entonces.

Seudónimo: Adamástor (Antonio Toríbios García, León)